Siempre fue un chico flaco. Enclenque. De esos con patillas en lugar de piernas. El hazmerreír del patio del colegio y blanco de las miradas cuando le llevaba al parque. No era muy alto, pero tampoco bajo. De estatura media, como suele decirse. Pero ocurre que, desde hace un tiempo, viene menguando. No sé exactamente cuándo empezó todo, pero el caso es que un día, al probarle los pantalones, me di cuenta de que los llevaba arrastrando. Y a la tercera vez que tuve que coserle los bajos de los vaqueros, decidí llevarle al médico. Nada más verle me preguntó por mi dieta. Siempre tuvo buen apetito, demasiado para su edad diría yo. Tras meses de análisis y viendo que no había ninguna anomalía en los resultados, el médico se rindió. Señora, su hijo está más sano que un manzano, eso fue lo que me dijo. No había explicación alguna para lo que le estaba sucediendo. Pero la realidad era que seguía encogiendo. Y cada vez más rápido. Y cuanto más empequeñecía más hambre tenía. Empezó a comer compulsivamente, a todas horas…no había forma de calmar su apetito y llegó un momento en que se pasaba los días enteros comiendo sin salir de casa. Hasta que un día, al despertar había mermado tanto que prácticamente no se le veía. Era casi tan pequeño como un alfiler. Lo tomé entre mis manos y lo coloqué cuidadosamente encima de la cama, pero me despisté un momento y le perdí. Empecé a buscarle como loca por todas partes. Le llamaba y le llamaba pero no había forma de encontrarle. Hasta que de repente le vi agarrado al cordón de la zapatilla. Asiéndose con fuerza intentaba trepar por mi tobillo. Movía los labios, pero no alcanzaba a oír lo que decía. Acerqué mi oído a su cuerpecito. Y me dijo entre susurros:
- Tengo hambre mamá.
- Pero no lo entiendo hijo, si te pasas los días enteros comiendo… ¿Cómo es posible?
- Porque en realidad, de lo que yo tengo hambre… es de abrazos.
martes, 30 de septiembre de 2008
lunes, 29 de septiembre de 2008
Involución
Nunca quise envejecer.
No quiero convertirme en una de esas señoronas con moño repeinado ni llevar el pelo teñido de color rosa porque alguna principiante de peluquería quiera experimentar con mi cabeza. No quiero dejar de comer carne porque la maldita dentadura se comporte como si padeciera parkinson. No quiero tener que organizar mi entierro ni comprar tumbas pareadas. No quiero que mi libido se marchite ni que mi pelvis no pueda moverse con gracia por la osteoporosis. No quiero sentarme a esperar el infarto de miocardio. No quiero dejar de reír a carcajadas sin saber por qué ni avergonzarme por cualquier gamberrada adolescente. No quiero dejar de jugar.
Nunca quise envejecer… hasta que vi este video. Simplemente precioso.
http://www.youtube.com/watch?v=PDxMQaMqsig
No quiero convertirme en una de esas señoronas con moño repeinado ni llevar el pelo teñido de color rosa porque alguna principiante de peluquería quiera experimentar con mi cabeza. No quiero dejar de comer carne porque la maldita dentadura se comporte como si padeciera parkinson. No quiero tener que organizar mi entierro ni comprar tumbas pareadas. No quiero que mi libido se marchite ni que mi pelvis no pueda moverse con gracia por la osteoporosis. No quiero sentarme a esperar el infarto de miocardio. No quiero dejar de reír a carcajadas sin saber por qué ni avergonzarme por cualquier gamberrada adolescente. No quiero dejar de jugar.
Nunca quise envejecer… hasta que vi este video. Simplemente precioso.
http://www.youtube.com/watch?v=PDxMQaMqsig
Cuento número 5

Una tarde de verano, llamó a mi puerta una distinguida dama. En aquellos días, tenía por costumbre echar un vistazo por la mirilla antes de abrir, porque últimamente había estado rondando por mi casa un hombre con chándal azul y calcetines blancos empeñado en llevarme a su cama de palabrería inútil.
Pero allí estaba ella, elegantemente apoyada en el umbral de mi puerta. Le pregunté su nombre.
- ¿No lo adivinas? Pensé que me reconocerías.
- ¿Eres la muerte?
Salió de su boca una risita dulce de niña traviesa.
- Siempre con tus bromas…
(y yo hablando en serio)
- Soy tu felicidad. Te ha tocado el gordo.
(¡Madre mía! y yo con estos pelos…)
-Bueno y ¿qué hacemos?
- Podrías dejarme pasar.
- Sí claro… perdona.
Traía consigo un precioso aparato de bronce con un tubo que enchufó a mi ombligo nada más entrar. Supuse que el procedimiento consistiría en una especie de regresión al vientre materno, en el que el elixir mágico de la felicidad debía entrar directamente por el ombligo. El tubo haría las veces de cordón umbilical, pensé. Abrió una válvula y ahí me quedé, sentada. Siempre había imaginado que la felicidad sería sentir algo así como una absoluta paz interior. Pero siendo sincera, según iban pasando los minutos me sentía bastante incómoda con mi nuevo inquilino. El vestido me apretaba y al mirar mi barriga, vi que me estaba creciendo... Se hinchaba cada vez más. ¿Pero qué hacía esta mujer? ¿No habrá pensado que mi felicidad es tener descendencia? Intenté hablar… sentía que iba a explotar en cualquier momento. Pero de mi boca sólo salió un suspiro de sabor dulce. Lo único que estaba entrando en mi vientre era aire. ¿Sería la felicidad gaseosa?
Cuando terminó, cogió sus bártulos y se marchó. Y allí me quedé… embarazada de trillizos por lo menos. Supuse que, como cualquier materia, la felicidad también debía ocupar un espacio, así que intenté relajarme. Muy feliz muy feliz, no era… pero el estado de hinchamiento en el que me dejó hacía imposible pensar en ningún problema que me hubiera preocupado hasta entonces. Lo malo era que empezaba a tener unos gases terribles.
Y claro, que ocurrió…pues que poco a poco se me fue escapando la felicidad por el culo.
Cuento número 6

Lleva días sintiendo la lluvia golpeando su cuerpo. Mira al cielo y no es capaz de abrir el paraguas. Lleva tanto peso en los hombros que el cuello le cuelga hacia delante. Colecciona culpabilidades inventadas y arrastra responsabilidades ficticias. No lo sabe, pero se está muriendo. De no vivir… de llevar una venda en los ojos y de imaginar conspiraciones alrededor. Sueña pero no duerme. Se encoge de indiferencia dejándose llevar por la dirección del viento y así va viviendo, muerto antes de ser enterrado. Sabe que ha llegado el momento aunque no está preparado. Siente un frío penetrante en sus huesos. Han comenzado a salirle llagas en el cuerpo siempre húmedo y acaba arrancándose la piel a tiras. Debajo, las escamas se liberan; quieren salir a respirar el agua. Poco a poco, se va transformando. Le sobra aire. Le falta agua. Y allí se queda, tirado en el suelo, boqueando… luchando por sobrevivir.
Cuento número 7
De pequeña, mi madre siempre quiso que yo aprendiera a coser. Se empeñó en enseñarme, pero yo era un poco torpe y las manos me sudaban constantemente. Era incapaz de hacer que la aguja traspasara la tela y ésta se me resbalaba por entre los dedos. Así que al poco tiempo, los hilos y el dedal acabaron cubiertos de polvo en un cajón.
Ahora que soy mayorcita busco a alguien que me enseñe a coser. Pero no a remendar camisas o botones… Yo lo que quiero es zurcir un bolsillito dentro de mi boca. Justo debajo de la lengua. Tengo ahí un espacio inútil y vacío que quiero llenar con los besos densos que últimamente vengo recibiendo. Es un sitio perfecto, húmedo y de fácil acceso. Así, cuando te hayas ido, cuando esté sola, podré sacarlos para seguir besándote siempre que quiera.
Ahora que soy mayorcita busco a alguien que me enseñe a coser. Pero no a remendar camisas o botones… Yo lo que quiero es zurcir un bolsillito dentro de mi boca. Justo debajo de la lengua. Tengo ahí un espacio inútil y vacío que quiero llenar con los besos densos que últimamente vengo recibiendo. Es un sitio perfecto, húmedo y de fácil acceso. Así, cuando te hayas ido, cuando esté sola, podré sacarlos para seguir besándote siempre que quiera.
Cuento número 8
Las lecciones
Hacía ya tiempo que no tenía un sueño tan bonito. Me encontraba sentada en una silla. Reconocía la estancia. Estaba en casa de mi abuela. No como es ahora, sino tal como la recuerdo si pienso en mí de pequeña. Ella, sentada al calor del brasero, me llamaba para que me acercara a su lado. Quería hablarme de algo. Me levanté, me subí los leotardos y me arreglé la falda de cuadros rojos. Me senté a su lado.
Hija, quiero irme al extranjero y necesito que me enseñes a leer y a escribir.
Mi abuela no sabe leer, y cuando va al mercado no entiende a qué precio están las cebollas. Tiene que preguntarlo y teme que la engañen. De pequeña, me daba miedo que mi abuela se subiera a un autobús equivocado al ir a visitarme y acabara perdida en medio del campo por no saber la dirección. Sola, rodeada de una desolación amarilla repleta de espigas que se deshacen al rozarlas. El cielo nublado. Y se me aparece mi pobre abuela caminando por la tierra seca, cuarteada. Le duelen las piernas porque padece de vasculitis y las tiene llenas de varices hinchadas y de un color verdeazulado.
Por eso un día quise que aprendiera a leer. Nos sentábamos en el jardín de mi casa con papel, lápiz y mis libros de Micho y le enseñaba a mi abuela el abecedario. Pero ella se cansaba enseguida y se distraía con cada nueva letra. No fui capaz de enseñarle lo más básico.
Mi abuela sigue sin saber a qué precio están las cebollas y ahora lleva un bastón cuando viene a visitarme. Pienso que quizá hubiera sido más útil empezar las lecciones por los números. Así, por lo menos, habría entendido a cuánto está el kilo de tomates.
Hija, quiero irme al extranjero y necesito que me enseñes a leer y a escribir.
Mi abuela no sabe leer, y cuando va al mercado no entiende a qué precio están las cebollas. Tiene que preguntarlo y teme que la engañen. De pequeña, me daba miedo que mi abuela se subiera a un autobús equivocado al ir a visitarme y acabara perdida en medio del campo por no saber la dirección. Sola, rodeada de una desolación amarilla repleta de espigas que se deshacen al rozarlas. El cielo nublado. Y se me aparece mi pobre abuela caminando por la tierra seca, cuarteada. Le duelen las piernas porque padece de vasculitis y las tiene llenas de varices hinchadas y de un color verdeazulado.
Por eso un día quise que aprendiera a leer. Nos sentábamos en el jardín de mi casa con papel, lápiz y mis libros de Micho y le enseñaba a mi abuela el abecedario. Pero ella se cansaba enseguida y se distraía con cada nueva letra. No fui capaz de enseñarle lo más básico.
Mi abuela sigue sin saber a qué precio están las cebollas y ahora lleva un bastón cuando viene a visitarme. Pienso que quizá hubiera sido más útil empezar las lecciones por los números. Así, por lo menos, habría entendido a cuánto está el kilo de tomates.
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