sábado, 22 de noviembre de 2008

Para D.

Desde siempre me han gustado los cementerios. Y es que los muertos no tienen esa imperiosa necesidad de pronunciarse aunque no tengan nada que decir. Pero en ocasiones les entran ganas de hablar y entonces se convierten en fantasmas o fantoches, igual da. Seguramente, si hoy se ultrajaran las tumbas, encontraríamos que la mayoría de los cementerios han sufrido un éxodo masivo de cadáveres hacia las ciudades que, cada vez más, son habitadas por oradores traslúcidos. Y si te fijas, si levantas los bajos de sus pantalones, descubrirás que llevan una pequeña argolla sujeta al tobillo de la que pende una pesada cadena. Y cuanto más larga es, cuantos más eslabones tenga ésta, más serán las fantasmadas que van dejando a su paso.
Bueno sería que alguien se dedicara a repoblar las áreas del descanso eterno.

Con la mayor de mis indiferencias,
M.