Él preguntaba, o simplemente afirmaba, no lo sé, por qué siempre se marchaba tan pronto. Por qué al despertar nunca la encontraba a su lado. En un principio, ella no pensaba responderle pero al mirarle quiso, por primera vez, ser sincera:
Podría decirte que la razón es que no me gusta alargar las despedidas de domingo después de una madrugada contigo. Y aunque también es cierto, el verdadero motivo es que no quiero despertarme junto a un cuerpo escurridizo que no quiere quedarse a mi lado más allá de unas horas o días. A diferencia tuya, no puedo controlar las partes de mi cuerpo. Y el músculo que dices que no tengo está cansado de jugar y de que mi cerebro lo arrastre de un lado a otro de la ciudad a visitar casas ajenas. Y lo escucho sangrar, agrietarse por mi culpa... Por mi transigencia cuando apareces y mi insistencia a desear que seas tú el que se quede. Y, aunque soy yo la que se marcha de tu espacio, eres tú el que se queda conmigo. El que duerme ausente a mi lado esa noche de domingo y el que me acompaña el lunes en el desayuno. Y durante la semana me alimento de tus manos en mi cintura, de mi pelvis apoyada en la pared, de tu aliento caliente en mi garganta. Entonces, ya sola, ya sin ti, me zambullo en mi entelequia sabiendo que finges porque me marcho, odiándote por haber vuelto cuando ya te había olvidado. Por aprovechar el momento para dejar tu huella precisamente ahora y porque en poco tiempo, o quizás menos, gritarás otros nombres sin tan siquiera recordar la curva de mi espalda. Y en la distancia no preguntaré, ni a mi corazón ni a tus manos, dónde, ni cómo, ni por qué has olvidado lo que alguna vez quise creer que tuvimos pero que nunca hubo.
lunes, 6 de octubre de 2008
Encuentro
El otro día se me olvidó que te había olvidado y te evoqué algo borroso en mi recuerdo, completando los huecos con detalles de otros amantes. Por eso, al cruzarnos en la calle esta mañana no te reconocí por tus ojos, sino por tu mirada.
miércoles, 1 de octubre de 2008
Cuento número 3

Julia no pretende poner perdices en su mesa.
No quiere ser despertada de su letargo con el tacto de unos labios enfundados en mallas y botas principescas.
Arrojó al fuego su caperuza roja y tiró a la basura todos los espejos. Ha renunciado a encontrar en su reflejo el perfil griego.
Tampoco se arrepiente de ser una mentirosa compulsiva siempre que su nariz no aumente de tamaño.
Y a diferencia de otras, ella no pierde el zapato en cualquier escalinata de su barrio. Algunas bragas si acaso en casas ajenas, eso sí. Pero no espera recuperarlas y menos aún que la amantis religiosa de turno pretenda comprobar si son de su talla. Ni siquiera piensa reclamar su autoría.
Aprendió, por azar y desde que llevaba trenzas, que el tiempo corre. Y a la fuerza, lo que implica abandonar la cuna y dejar de gatear. Que el que sopla y sopla hasta que sólo quedan los cimientos no siempre es peludo pero sí da miedo. Y que asusta aún más cuando le reconoces en el que te cantaba nanas como quien canta el gordo de la lotería.
Julia dejó de creer en los cuentos chinos cuando, al encender una cerilla, dejaron de iluminarse sus sueños para quedarse a oscuras.
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