A veces, por más que uno quiera, por más que uno lo intente, uno más uno no suman dos, sino cero. Un cero pelotero. Un cero tan grande y ovalado como un campano. Te quedas mirándolo, primero con un ojo, luego con el otro, preguntándote dónde demonios andará el error en una operación tan sencilla... entonces repites el ejercicio, no vaya a ser que te hayas equivocado, pero ya puedes sumar esos unos tantas veces como quieras que el resultado nunca será dos.
Y es que hay unos que vienen, cogen lo que quieren y después simplemente se marchan, dejándote solo en medio de un espacio vacío y teniendo encima que cargar con su ausencia como única compañía. No es que sorprenda, pero sí resulta algo molesto. Y es que al despertar tus principios se han vuelto del revés y acabas tomándola con lo primero que encuentras a tu paso en un intento por reafirmarte que, por supuesto, resulta completamente inútil. Y te preguntas por qué has pasado otra noche más poniendo buena cara a unas normas que tú no escribiste y cumpliendo con un protocolo de buenas prácticas sociales más propio de un sistema de engranajes mecánicos que de uno interpersonal.
Y para colmo ese día acabas con un terrible dolor cervical porque a la pregunta de por qué te quedas mirando a la nada con el ceño fruncido, lo único que se te ocurre es encogerte de hombros. Y es que cuando te hacen sentir como un cerapio, bastante tienes con ser y/o estar como para encima tener que justificar la lógica de las razones de tu aparente pasividad.
Sin embargo, hay otras noches en que uno tiene suerte y te nacen un par de costillas moldeadas a tu imagen y semejanza. Entonces, vuelves a sumar y esta vez uno más uno da tres. Y eso sí que resulta sorprendente.
En ese momento te alegras de que esos errores ocurran y de que, a veces, las matemáticas fallen.
miércoles, 1 de abril de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario