martes, 28 de julio de 2009

Premonición

Esta mañana he advertido que hace ya algunas semanas que te vienes escapando por las noches. Ahora, en tu lugar, sueño con dogos parlantes y pepitas de oro. Esta mañana he sabido que finalmente escogiste un lado de la cama porque ya no duermes solo. Quizás por eso tus ausencias nocturnas y tus silencios de día. Ahora tienes quien te sueña, pero sin agua de por medio.

miércoles, 22 de julio de 2009

Aniversario

Seis meses y ahí siguen mis pequeñas cosas empacadas, todas vírgenes e inmaculadas, como si acabaran de llegar. Se niegan a obedecer, a adaptarse a los nuevos tiempos. Dicen que no cesarán hasta que el bueno de Mr. Hyde se anime a protagonizar otro de sus episodios disociativos. Dicen que se sienten estafadas y protestan desperdigándose por el piso, despertándome a media noche con desafinadas y espontáneas caceroladas reclamando su dosis de Nuevos Aires. Revolucionarias… ¡de dónde habrán sacado esas ideas!

Tomo asiento, me remango la camisa y también los bajos de los pantalones e intento negociar… Tienen que entender: no habrá más adioses por ahora. Se agotaron las minas de plata y es tiempo de batirse el cobre. Aunque, tampoco les culpo, yo también echo de menos los moluscos acidulados al compás de Michelle, los golpeteos percusionados y las cuerdas punteadas de sus dedos sonrientes… yo también extraño la felicidad.

La señorita del todo guardado y escondido en compartimentos se tropieza día y noche con ese reloj que no tenía, con esos planes que no hacía y con esa cicatriz desordenada de la pierna izquierda que parece más grande desde que volvió.

jueves, 23 de abril de 2009

Mi milagro favorito

Murió de repente un día o quizá de noche, aunque probablemente fuera al amanecer pues le gustaba viajar por las fronteras y no consentía que nada sucediera al azar, ni siquiera, y sobre todo, su muerte. Se fue sin avisar, sin despedirse, sin hacer apenas ruido, del mismo modo en que vino. Murió y no le importó, pues lo que le aguardaba tras ese último aliento moribundo que desprendía imparable el hedor a muerte enferma, fue lo más bello que le ocurrió en vida. Se reencarnó en lo único que como ser humano fue capaz de amar incondicionalmente sin reservas ni vergüenza. Él se transformó en ella y, tal como fue su deseo, nunca fue pronunciada. Cubrió por entero su alma con tinta espesa y negruzca y vistió miles de páginas blancas con su traje de luto, impregnándolas de sensualidad y sabiduría. Murió y se volvió palabra.

miércoles, 1 de abril de 2009

Una ciencia inexacta

A veces, por más que uno quiera, por más que uno lo intente, uno más uno no suman dos, sino cero. Un cero pelotero. Un cero tan grande y ovalado como un campano. Te quedas mirándolo, primero con un ojo, luego con el otro, preguntándote dónde demonios andará el error en una operación tan sencilla... entonces repites el ejercicio, no vaya a ser que te hayas equivocado, pero ya puedes sumar esos unos tantas veces como quieras que el resultado nunca será dos.

Y es que hay unos que vienen, cogen lo que quieren y después simplemente se marchan, dejándote solo en medio de un espacio vacío y teniendo encima que cargar con su ausencia como única compañía. No es que sorprenda, pero sí resulta algo molesto. Y es que al despertar tus principios se han vuelto del revés y acabas tomándola con lo primero que encuentras a tu paso en un intento por reafirmarte que, por supuesto, resulta completamente inútil. Y te preguntas por qué has pasado otra noche más poniendo buena cara a unas normas que tú no escribiste y cumpliendo con un protocolo de buenas prácticas sociales más propio de un sistema de engranajes mecánicos que de uno interpersonal.

Y para colmo ese día acabas con un terrible dolor cervical porque a la pregunta de por qué te quedas mirando a la nada con el ceño fruncido, lo único que se te ocurre es encogerte de hombros. Y es que cuando te hacen sentir como un cerapio, bastante tienes con ser y/o estar como para encima tener que justificar la lógica de las razones de tu aparente pasividad.

Sin embargo, hay otras noches en que uno tiene suerte y te nacen un par de costillas moldeadas a tu imagen y semejanza. Entonces, vuelves a sumar y esta vez uno más uno da tres. Y eso sí que resulta sorprendente.

En ese momento te alegras de que esos errores ocurran y de que, a veces, las matemáticas fallen.

sábado, 21 de marzo de 2009

Andares

A veces la gente se me queda mirando por la calle. Será porque me gusta caminar de puntillas. No es que pretenda parecer más alta, cierto es que soy pequeña, pero para eso ya están los tacones. Yo sólo aspiro a que mis pies se habitúen a la falta de contacto con el suelo, por si un día de estos se animan y echan a volar.

jueves, 19 de marzo de 2009

Souvenirs

- Y dinos: ¿cómo te fue por Europa?
- Pues si te digo la verdad, ha sido un viaje inolvidable. He traído un montón de recuerdos conmigo.
- ¿Qué son? ¿Fotografías?
- ¡Qué va! Creo que el tipo las tiró al tacho para que su mujer no las viera.
- ¿Pues qué trajiste entonces?
- Algo... cómo diría yo, más personalizado. Ya sabéis, lo tradicional de allá.

La adolescente se levanta la falda del vestido y muestra una a una las cicatrices rojizas sobre su piel tersa y morena. Después, se lleva la mano al vientre aún liso y dibuja un arco esférico, prominente.

- ¿Otro más? Mira que éste es el tercero ya…
- Bueno, con el próximo rubio tendré más suerte, seguro.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Nuevas sensaciones

Ayer sufrí mi primer ataque de pánico. Me sorprendió en plena calle, entre excavadoras excavando, bocinas bocinando, perros ladrando y niños llorando; en definitiva, en medio del caos urbanístico de Madrid. No sé cómo pude contenerme y no me cargué a nadie, pero de haber tenido un coche ni lo habría dudado: volantazo a la derecha, invasión de la acera y algunos peatones y mi angustia volando por encima del capó. Por lo menos dos o tres. Pero claro, no conduzco, ni siquiera tengo carné, y por eso he terminado en esta sala de urgencias amarrada a un gotero y con mis absurdas desgracias a la intemperie, porque no poseo un vehículo motorizado.

Ayer salí a pasear porque hacía sol, porque cuando camino puedo pensar tranquilamente y porque no tenía absolutamente nada que hacer. Sin embargo, por razones que desconozco y que habrá de explicarme mi psicólogo, lo que debía haber sido una estupenda tarde primaveral acabó convirtiéndose en una aversión irrefrenable hacia todo bicho viviente. No creáis que no intenté calmarme antes de que me diera el susodicho tabardillo. Me detuve en una plaza y realicé ejercicios de relajación, me abalancé sobre la primera librería que encontré a mi paso e incluso me metí en una iglesia... pero al cruzar la calle un desconocido civilizado me pitó con el claxon y no se me ocurrió otra cosa que pararme en medio del paso de cebra y ponerme a gritar. Grité todo lo que mis pulmones de fumadora social y asocial me permitieron. Grité, y al terminar planté el culo en plena Gran Vía y me puse a llorar. Debí dar un fabuloso espectáculo porque la ambulancia y la policía se presentaron a los diez minutos.

Ahora estoy aquí, tan feliz y tan tranquila, con mi nuevo mejor amigo el señor gotero, que hace que de mi boca aflore esta sonrisa de anuncio de dentífrico. Estoy aquí, tumbada, pensando en cómo salir sin levantar sospechas. Hace mucho tiempo que no piso un hospital, así que espero que no se les haya ocurrido la brillante idea de instalar frente a las puertas automáticas algún tipo de maquinita detectora de fármacos. Estoy segura de que cualquier abogado de oficio preferirá que haya reemplazado el carné de conducir por un bolso repleto de ansiolíticos.