martes, 27 de enero de 2009

Insomnio

Llevo semanas sin poder dormir. Un silbido recurrente importuna mis oídos. No estoy segura de si es el viento que azota la península estos días o mi conciencia que se revela ante la inmundicia que esconden las enaguas de este (des)orden mundial. Los periódicos dicen que el país está sufriendo lo que en meteorología se denomina “ciclogénesis explosiva”, pero cuando enciendo la tele me parece que lo que cae del cielo es más bien una lluvia de necios degenerados. Yo espero que el tipo de la toga y martillo sepa cómo capear el temporal, porque si no vamos a tener que recurrir al de la guadaña. Y eso, señores, lleva más tiempo y no está bien visto.

martes, 20 de enero de 2009

Ladridos de una infancia

Creció entre sábanas de esparto y manos desnudas que no conocieron el suave tacto aterciopelado de unos guantes. Con tanto discurso atronador no daban ganas de quedarse en la cama. Ni siquiera los domingos. A veces se escapaba de noche, cerrando la ventana con cuidado y volvía horas después con todo el sigilo que sus pies alcoholizados le permitían. Intentaba pasar desapercibido, pero de vez en cuando, ella rompía el silencio para subirse a una silla a enseñar sus vergüenzas. Él la observaba, pequeñito desde su esquina preferida y soñaba con que ella dejara de levantarse la falda. Tiempo después pensó que ojala él también se hubiera atrevido a bajarse los pantalones... de haber gritado juntos, quizás hubieran recibido más abrazos.

viernes, 16 de enero de 2009

Última hora

La noticia apareció en las portadas de los principales medios de difusión nacionales e internacionales. Y no era para menos. A sus 60 años, José Antonio de las Heras, considerado uno de los empresarios más prósperos e influyentes del país, había donado la totalidad de sus compañías a diversas asociaciones independientes de países en desarrollo.

Nacido en el seno de una familia de clase baja, “El hombre que se hizo a sí mismo”, tal como se le conoce en el ámbito corporativista, nunca tuvo oportunidad de recibir una educación, hecho del que solía vanagloriarse. Su biografía profesional fue objeto de estudio por numerosos economistas y sus técnicas comerciales se enseñaban en las principales universidades. Ejemplo a seguir para las nuevas generaciones, levantó un gran imperio basado en ideas revolucionarias de libre mercado que le reportaron enormes beneficios en tiempo récord. Su amistad con grandes personalidades del mundo político le permitió dirigir con mano de hierro y disciplina prusiana al colectivo sindical, que le tachó de opresor corrupto, despótico y autocrático.

“Nos encontramos ante un acontecimiento sin precedentes; una reconversión propia de una revelación divina”.

Se ha abierto todo un debate acerca de las causas que han podido inducir al próspero y poderoso magnate a cometer una excentricidad semejante. Sus hijos no han descartado emprender acciones legales contra lo que consideran se trata de un evidente caso de enajenación mental: “Es sencillamente inaceptable. Una persona en su sano juicio no actúa en contra del bienestar de su propia sangre”. Horas después de hacerse pública la noticia, la familia contactó con el doctor Cameron, ilustre eminencia de la psiquiatría moderna, para declararle incompetente.

El empresario ya fue noticia hace unos meses por su reciente matrimonio con Margarita Ríos, historiadora y conocida activista de diversas organizaciones. Varios miembros de su gabinete manifestaron que, tras la ceremonia, comenzó a actuar de forma extraña: “La influencia perniciosa que ha ejercido sobre él es innegable por lo que, de confirmarse su indiscutible desequilibrio mental, nos encargaremos de que recaiga sobre ella todo el peso de la ley”.

Les remitimos a continuación la única declaración que se ha podido obtener del ya ex-empresario. Juzguen ustedes mismos: “Estaba ciego y ahora leo”.

martes, 13 de enero de 2009

A quienes corresponda

No me preguntéis cómo sucedió todo porque apenas lo recuerdo. Es lo que tienen los secuestros, que se producen en mitad de la noche, cuando a una todavía le cuelga la legaña del ojo y aprovechan tu estado de aturdimiento y desorientación para ponerte la capucha con tanta rapidez que ni tiempo tienes de despedirte de las plantas. Aparecí horas más tarde en una habitación pequeña pero muy acogedora. Todo acabaría pronto si colaboraba. Eso dijeron. Nada más. Y minutos más tarde se presentó aquel tipo portando un hacha afilada. Empezó con el pie derecho, seccionando con cuidado. Se apreciaba por los cortes que tenía experiencia, diría incluso que rebanaba con cierta delicadeza; y cuando terminó con uno pasó al otro. Hasta ese momento yo había permanecido quieta en la silla, pues siempre los consideré prescindibles para mis operaciones aritméticas, pero es que luego quería también cercenar los de las manos. Y claro a eso tuve que negarme en rotundo:

- Mira, de haber venido antes, yo te los habría dado sin rechistar, al menos los de la izquierda, pero es que casualmente ahora necesito los de ambas manos. Y es que cuando me pongo a contar las personas en las que puedo confiar, los dedos de una ya no me bastan.

Gracias a todos los que, a pesar de mi evidente y recién estrenada cojera, no habéis pedido el libro de reclamaciones.

lunes, 12 de enero de 2009

Un rayo de sol

Carlos nunca ha dado muestras de su optimismo ni tampoco de su fe en la posibilidad del cambio. Discreto y prudente, imagino que ha guardado el secreto de sus creencias a la espera de que se revelara el milagro manifiesto. Y es que como suele ocurrir con estas cosas, la procesión va por dentro.

A Carlos le encanta cocinar y por ende ir al mercado de abastos del barrio. Nunca hace una lista de la compra por miedo a que sus expectativas no se cumplan; y además se conforma con las opciones que le ofrecen los dependientes de los puestos en lugar de comprar lo que quiere. Así que se ha pasado la vida comiendo manzanas Golden, esas amarillas tan sosas, cuando en realidad prefiere las de variedad Smith, verdes y ácidas. Y lo mismo le ocurría con los tomates, las patatas y las lechugas. Su frigorífico se convirtió en un almacén de frustraciones recubiertas de moho. Tras años de fallidos intentos de modificar su conducta, como amiga suya que soy y que por tanto da consejos inútiles aunque no se los pidan, le recomendé que empezara a comer fuera de casa. Pero como os he dicho, Carlos cree en el cambio. Tiene esperanzas. Y yo también: y es que por vez primera le he visto salir del mercado con las bolsas vacías.

viernes, 9 de enero de 2009

Demodé

Estoy harta. Todos los días igual. Cada mañana, voy a desayunar a la cafetería que hay frente a mi casa y cada mañana el camarero se confunde y me sirve algo que no he pedido. Yo nunca digo nada; y es que veo al hombre tan atareado poniendo desayunos que me da pena decirle que, en realidad, lo que yo quiero es un café. No me importa que se equivoque con los churros, las porras también me gustan, pero tener que tomarme una caña a las 8 de la mañana cuando en la calle está nevando empieza a afectar seriamente a mi salud.

A veces pienso que lo hace a propósito y que se divierte viéndome sufrir. Pero no consigo hallar una razón lógica que justifique dicha mezquindad, sobre todo teniendo en cuenta que apenas nos conocemos y sería absurdo que me guardara rencor.

Cabe la posibilidad de que no me exprese con la suficiente claridad o que sea un poco duro de oído y que con tanto ruido de fondo no entienda la comanda. Pero muestra tanta seguridad cuando me planta la cerveza encima de la barra que me da la impresión de que la equivocada soy yo. Además he comprobado que al resto de clientes no se les queda cara de imbécil cuando reciben su pedido.

Así que esta mañana, como había poca gente en la cafetería, me he decidido a preguntarle y casi me caigo al suelo redonda cuando me ha contestado.

Al parecer la expresión “me pones un café” ya no se emplea para designar lo que de toda la vida de dios se conocía comúnmente como “quiero un café”. En mi ausencia ha surgido una nueva acepción y lo que ocurre es que ando desactualizada. Ahora, si pides un café el camarero te pone simple y llanamente lo que le salga del pito.

En fin, que esta tarde he tenido que comprarme una nueva edición del diccionario para evitar malos entendidos en el futuro.

Me he quedado muerta al comprobar que la mayoría de las palabras que se utilizaban para expresar un concepto relativo a los distintos estados afectivos han adoptado nuevos significados contradictorios que se entremezclan en las oraciones sin ninguna lógica. Ahora lo que se lleva es una sintaxis rebosante de paradojas y absurdas incongruencias. Así que imagino que el "tengo ganas de verte" significa ahora "me importas una mierda".

Tendré que ponerme al día.

jueves, 8 de enero de 2009

Dilema matutino

No sé si llamarte o tirarme un pedo...
Lo pensaré mientras hago pis.