miércoles, 1 de abril de 2009

Una ciencia inexacta

A veces, por más que uno quiera, por más que uno lo intente, uno más uno no suman dos, sino cero. Un cero pelotero. Un cero tan grande y ovalado como un campano. Te quedas mirándolo, primero con un ojo, luego con el otro, preguntándote dónde demonios andará el error en una operación tan sencilla... entonces repites el ejercicio, no vaya a ser que te hayas equivocado, pero ya puedes sumar esos unos tantas veces como quieras que el resultado nunca será dos.

Y es que hay unos que vienen, cogen lo que quieren y después simplemente se marchan, dejándote solo en medio de un espacio vacío y teniendo encima que cargar con su ausencia como única compañía. No es que sorprenda, pero sí resulta algo molesto. Y es que al despertar tus principios se han vuelto del revés y acabas tomándola con lo primero que encuentras a tu paso en un intento por reafirmarte que, por supuesto, resulta completamente inútil. Y te preguntas por qué has pasado otra noche más poniendo buena cara a unas normas que tú no escribiste y cumpliendo con un protocolo de buenas prácticas sociales más propio de un sistema de engranajes mecánicos que de uno interpersonal.

Y para colmo ese día acabas con un terrible dolor cervical porque a la pregunta de por qué te quedas mirando a la nada con el ceño fruncido, lo único que se te ocurre es encogerte de hombros. Y es que cuando te hacen sentir como un cerapio, bastante tienes con ser y/o estar como para encima tener que justificar la lógica de las razones de tu aparente pasividad.

Sin embargo, hay otras noches en que uno tiene suerte y te nacen un par de costillas moldeadas a tu imagen y semejanza. Entonces, vuelves a sumar y esta vez uno más uno da tres. Y eso sí que resulta sorprendente.

En ese momento te alegras de que esos errores ocurran y de que, a veces, las matemáticas fallen.

sábado, 21 de marzo de 2009

Andares

A veces la gente se me queda mirando por la calle. Será porque me gusta caminar de puntillas. No es que pretenda parecer más alta, cierto es que soy pequeña, pero para eso ya están los tacones. Yo sólo aspiro a que mis pies se habitúen a la falta de contacto con el suelo, por si un día de estos se animan y echan a volar.

jueves, 19 de marzo de 2009

Souvenirs

- Y dinos: ¿cómo te fue por Europa?
- Pues si te digo la verdad, ha sido un viaje inolvidable. He traído un montón de recuerdos conmigo.
- ¿Qué son? ¿Fotografías?
- ¡Qué va! Creo que el tipo las tiró al tacho para que su mujer no las viera.
- ¿Pues qué trajiste entonces?
- Algo... cómo diría yo, más personalizado. Ya sabéis, lo tradicional de allá.

La adolescente se levanta la falda del vestido y muestra una a una las cicatrices rojizas sobre su piel tersa y morena. Después, se lleva la mano al vientre aún liso y dibuja un arco esférico, prominente.

- ¿Otro más? Mira que éste es el tercero ya…
- Bueno, con el próximo rubio tendré más suerte, seguro.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Nuevas sensaciones

Ayer sufrí mi primer ataque de pánico. Me sorprendió en plena calle, entre excavadoras excavando, bocinas bocinando, perros ladrando y niños llorando; en definitiva, en medio del caos urbanístico de Madrid. No sé cómo pude contenerme y no me cargué a nadie, pero de haber tenido un coche ni lo habría dudado: volantazo a la derecha, invasión de la acera y algunos peatones y mi angustia volando por encima del capó. Por lo menos dos o tres. Pero claro, no conduzco, ni siquiera tengo carné, y por eso he terminado en esta sala de urgencias amarrada a un gotero y con mis absurdas desgracias a la intemperie, porque no poseo un vehículo motorizado.

Ayer salí a pasear porque hacía sol, porque cuando camino puedo pensar tranquilamente y porque no tenía absolutamente nada que hacer. Sin embargo, por razones que desconozco y que habrá de explicarme mi psicólogo, lo que debía haber sido una estupenda tarde primaveral acabó convirtiéndose en una aversión irrefrenable hacia todo bicho viviente. No creáis que no intenté calmarme antes de que me diera el susodicho tabardillo. Me detuve en una plaza y realicé ejercicios de relajación, me abalancé sobre la primera librería que encontré a mi paso e incluso me metí en una iglesia... pero al cruzar la calle un desconocido civilizado me pitó con el claxon y no se me ocurrió otra cosa que pararme en medio del paso de cebra y ponerme a gritar. Grité todo lo que mis pulmones de fumadora social y asocial me permitieron. Grité, y al terminar planté el culo en plena Gran Vía y me puse a llorar. Debí dar un fabuloso espectáculo porque la ambulancia y la policía se presentaron a los diez minutos.

Ahora estoy aquí, tan feliz y tan tranquila, con mi nuevo mejor amigo el señor gotero, que hace que de mi boca aflore esta sonrisa de anuncio de dentífrico. Estoy aquí, tumbada, pensando en cómo salir sin levantar sospechas. Hace mucho tiempo que no piso un hospital, así que espero que no se les haya ocurrido la brillante idea de instalar frente a las puertas automáticas algún tipo de maquinita detectora de fármacos. Estoy segura de que cualquier abogado de oficio preferirá que haya reemplazado el carné de conducir por un bolso repleto de ansiolíticos.

domingo, 15 de marzo de 2009

(Sin título)

Empiezo por los dedos pintados de tus pies.
Avanzaría lentamente,
pero se ha hecho de día y estás por irte.
No hay tiempo.
Poco más de media hora.

Corro hacia el ascensor que lleva hasta tus nalgas.
Las desvisto al tiempo que mi mano repasa las vértebras de tu cuello.
Ignoro lo que pasa en tu cabeza.
¿Pero qué importa cuando el cuerpo responde cautivador a cada embestida?

Boca arriba, boca abajo.
Mi deseo materializado en fragmentos de piel blanca
que acarician la marca de tu bikini navideño
iluminando un pubis multicolor.

Cómo, dónde y cuándo:
será lo que tú quieras esta noche.
Ése es mi regalo de despedida.

Te cojo
y te recojo el pelo enmarañado,
las piernas de sirena bípeda,
las caderas de bailarina.

Placer disuelto,
licuado,
efervescente,
espumante,
infinito,
indefinido.

Llega un amanecer de treinta y cinco grados
a la sombra de unas sábanas impregnadas de oxitocina.
Y me bailas desnuda sobre la cama maltrecha.

¿Cuántas van esta noche?
He perdido la cuenta.
Pero te lo pido una vez más:
esgrímelo con fuerza,
enarbólalo sin dejar escapar una gota.

Después,
te dejo marchar,
te veo cerrar la puerta
y no soy capaz de enjugar tus lágrimas hemisféricas,
nostálgicas de sur.

sábado, 28 de febrero de 2009

Adivina adivinanza...

Y tal como vino se fue.

(Solución: LCOTUAORTNO)

Demasiado café.
Demasiados anónimos.
Demasiadas reflexiones de usar y tirar.

¿Si aflojo un poco las ojeras y dejo de rascarme según me pica, volverás?
Venga... di que sí!!

lunes, 23 de febrero de 2009

Mamá, quiero ser artista - (Primera parte)

Cómo acabé inmersa en esta pantomima circense es algo que, a día de hoy, aún no tengo muy claro. Yo juraría que todo empezó siendo un ingenuo juego de niños pero, en algún momento durante la madrugada, la inocencia se me escapó de las manos y salió corriendo. Supuse que la muy boba andaría jugando al escondite entre las fauces de alguna de las fieras (siempre le gustó el sabor de un buen chute de adrenalina), así que fui a buscarla creyéndome que en este espectáculo yo formaba parte de la cuadrilla de las domadoras. Sin embargo, al cerrar las rejas de la jaula advertí que, en realidad, los del circo me habían tomado por una marioneta y tuve que enfrentarme a las bestias completamente indefensa, sin látigo. Al no tener a nadie que moviera los hilos que me habían colocado alrededor de mis extremidades, el público creyó que acabaría despedazada al primer mordisco...

(Continuará)