
Y llegó un tiempo en que los sueños dejaron de existir. Un tiempo en que la realidad se había deformado de tal modo que las personitas andábamos soñando continuamente. Vagábamos moribundos por rutinas regidas por relojes de arena. Por polvo del desierto y aire viciado.
Llegó un tiempo en que el mundo estaba poblado de seres humanos deshumanizados. En que perdimos el rumbo y andaban las brújulas olvidadas en vertederos. Nos convertimos en reaccionarios del contacto de una mirada y el roce de la piel ajena provocaba violentos ataques de alergia. Desterramos a las ilusiones con el desprecio de la soberbia de los fuertes que han dejado de creer en la necesidad. Recorríamos las calles como cadáveres… como cadáveres porque lo único que nos diferenciaba de los muertos era que la sangre mantenía nuestros cuerpos calientes. Y al llegar la noche, los sentidos, agotados de vivir en una irrealidad constante, desfallecían en camastros hasta la próxima ración de ficción diaria.
Éramos ejércitos de ciegos que ven sin mirar. De sordos que oyen sin escuchar. Evolucionamos desafiando a la naturaleza. Y así, nuestros cuerpos se transformaron según las necesidades del momento. Dejó de crecernos ese vello que se eriza con el frío y con el tacto; con la indignación de la injusticia y la mentira. En su lugar, se formó una delgada capa oleosa que repelía las sensaciones y hacía que desapareciera de nuestra piel cualquier rastro de inmundicia bacteriana.
El criterio y la individualidad eran pisoteados con descaro por rebaños que ya no andaban, corrían. Los caminantes cayeron en desuso y se ampliaron las avenidas para que nuestros cuerpos motorizados rodaran con cierta holgura. En las escuelas ya no se estudiaba, se memorizaba; y en las calles se aprendía indiferencia y silencio.
Llegó un tiempo de ciudades perpetuas en las que la vista se perdía entre horizontes de perfiles cuadriculados. Donde nuestros cuerpos eran sombras de hollín que se movían a merced de la industria. Y condenamos a nuestro olfato al hedor del alquitrán hirviente y nuestro paladar yacía adormecido, cansado del sabor a plástico en forma de frutas exóticas.
Un mundo de risas enlatadas en el que las lágrimas dolían tanto que dejamos de llorar. En el que todos seguíamos el mismo camino de un único sentido.
Resonaban en nuestros oídos pitidos ensordecedores, que parecían salidos de millones de despertadores. Se metían en el cerebro y pitaban sin cesar. Insistían, insistían… no había modo de hacerlos callar… Hasta que de pronto… desperté.
Alargué el brazo para que aquella alarma infernal se callara y me incorporé en la cama. Estaba sudando y la cabeza me iba a estallar. Necesitaba un minuto para reflexionar sobre la pesadilla que acababa de tener, pero enseguida me di cuenta de la hora que era y llegaba tarde a trabajar. Ya pensaría después.
Salí corriendo de casa sin tiempo siquiera de tomar un café y sin dejar de mirar el reloj. La calle estaba desierta, yo era la única que circulaba por la acera, pero el tráfico era ensordecedor. Me planté los auriculares y subí el volumen del reproductor. Llegué justo a tiempo a la estación. Respiré aliviada. Perder el tren hubiera supuesto un retraso de cinco minutos en mi horario de entrada a la oficina, y no estaba bien visto. Aunque el tren estaba atestado de gente, no se oía ni un ruido. Unos miraban al suelo, otros por la ventana, pero todos permanecían en silencio. Me dirigí a una esquina intentando mantener una distancia prudencial de cualquier pasajero para evitar que nuestros cuerpos se tocaran. Cogí el periódico de la mañana: una estafa inmobiliaria de una gran multinacional, una pequeña reseña dedicada al aumento de las zonas desérticas y la radicalización de las etnias no reconocidas como ciudadanos de primer orden… nada sorprendente. Pasé el resto del día trabajando. Mintiendo a los consumidores sobre un producto nuevo que acababa de salir al mercado.
Llegué a mi casa agotada y me quedé pensando en las similitudes que había entre el sueño de la pasada noche y mi vida diaria. Pero poco a poco se me fueron cerrando los ojos. Y me dormí pensando en que este sueño ya duraba demasiado… que ya iba siendo hora de despertarse.
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